Carta abierta por la paz en tiempos de elecciones

Publicado 18 de agosto de 2014 no picture Juanita Rojas

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Se registró el día 29 de mayo de 2014
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Soy Colombiana, y esto es algo que escribí hace unos meses al ver toda la parafernalia que son las elecciones, e sun poco un llamado a la concincia y otro poco una descarga de la impotencia que algunas veces se siente al ver que el pueblo repite sus errores. Espero les guste:

"Estos tiempos de elecciones nos presentan un panorama lleno de odios y amores viscerales, de un amor patrio tan penetrante que solo puede intensificarse porque en eventos deportivos, como el Mundial o el Giro de Italia, Colombia se vea gratamente representada. Un amor patrio y un sentimiento de esperanza que rápidamente se ven nublados por la cruda realidad: no tenemos a quién elegir porque todos son más de lo mismo. Y si creemos tener a quién elegir nos veremos obligados a “hacernos los locos” con todos los escándalos que lo rodeen, porque finalmente no dejan de ser políticos, el gremio más indigno y desprestigiado de este país, y porque siempre tendremos a quien culpar de los desaciertos de nuestros candidatos.

Debemos entender entonces que querámoslo o no los políticos no dejan de ser seres humanos, y que por tanto ninguno será jamás el candidato perfecto. Debemos pues buscar quien ajuste su pensamiento a lo que necesita Colombia y pueda gestionarlo en la realidad. O por lo menos que se ajuste a lo que nosotros creemos que Colombia necesita, partiendo de que tampoco nosotros somos perfectos, ni tenemos pleno conocimiento de la realidad de un país inmensamente centralizado, e inmensamente necesitado.

Cuando vayamos a elegir pensemos entonces en Colombia lo más que podamos, y no solo en nosotros y en nuestra conveniencia, ni en nuestras doctrinas ni en nuestros mandatos, porque en la realidad estos seguramente no se ajustan a cuarenta y siete millones de colombianos. Eso va también, y especialmente, para quienes ejercen la política, ya que deben entender que ser político es una dignidad social, es decir, es un trabajo para la comunidad que requiere de verdaderos líderes, de personas objetivas ante la realidad que sean firmes en sus convicciones, pero también firmes en valores y en el respeto al pueblo colombiano al que sirven.

Hoy estamos ante la generación de la paz en una patria boba que lleva librando 50 años, o más, una guerra contra sí misma, y aun así hoy vemos a quienes insisten en esa batalla, e incluso dentro de las campañas vemos a los mismos atacándose unos a otros, tan patéticamente que raya en lo absurdo, tan absurdo que nos hacen creerles que son diferentes. Solo nos queda preguntarnos si llegará el día en que la proclamada “Patria Boba” de Antonio Nariño deje por fin su bobada y entienda que este país no aguanta más que lo jaloneen como a un hijo de padres divorciados. Hoy debemos elegir creer que este es el día en que podremos avanzar juntos hacia una nueva Colombia, una Colombia en paz.

Sé que realmente nadie en este país anhela la guerra, ni siquiera aquellos a quienes señalan de querer perpetuarla por no apoyar los diálogos de paz, pero muchos temen o no pueden perdonar, y eso es lo que los hace dudar, o de plano no creer en un acuerdo de paz. Alguien me dijo que yo era tan joven que tenía la suerte de no haber sufrido la guerra, y lo sé, yo no he vivido esta guerra, pero no estoy ciega, porque no estoy sola, y tampoco soy estúpida como para que me excluyan de un dolor patrio porque nunca cargué un fusil, ni me amenazaron, ni mataron a nadie que ame, ni lo secuestraron, porque a pesar de esos sigo siendo colombiana y pienso en los niños reclutados forzosamente por las guerrillas que llenos de miedos se quedaron sin espacio para los sueños o para la infancia, y que en la selva con un fusil defienden causas que ni entienden, ni conocen, ni les importan, y que tampoco existen. Pienso en las madres, padres, hermanos, hijos, esposas y demás colombianos que no quieren venganza por sus familiares muertos o desaparecidos, y que ni siquiera buscan ya reparación por un dolor que saben no se repara con nada, sino que quieren verdad y justicia para tener paz en su alma, valores que estoy segura no se consiguen con muertes ni armas. Pienso en las mujeres que perdieron la dignidad en una guerra a la que que no le importa en qué bando estén para mancillarlas, para rebajarlas en su dignidad a un mero gusto de los combatientes, mujeres que no volverán a ser las mismas nunca, y que tal vez nunca vuelvan a amar. Pienso en los hombres que cargan en el alma uno o más muertos, hombres y mujeres colombianos convertidos en asesinos por una guerra sin causa ni fin, asesinos de sí mismos cuando asesinaron a otro por una orden que les dio uno que no conocen ni conocerán. Entonces elijo creer en la paz, y sé que firmando un papel no se llega a ella, pero es un comienzo, y por aquellos que sufren la guerra estoy dispuesta a perdonar, barajar y dar de nuevo, porque perdonar a quienes amamos es fácil, pero perdonar a quienes odiamos ese es un verdadero acto de paz, una verdadera revolución. Jamás el mundo ha visto que se dé una revolución en paz sin que haya perdón entre dos que juraron odiaron para siempre.

Esta es una guerra con tantas heridas que el país ya no logra reconocerse a sí mismo bajo las cicatrices, ya no reconoce sus corrientes políticas que hoy son tantas, una por cada candidato con delirio mesiánico. Tampoco se reconoce bajo las cicatrices quién gobierna realmente y quién es la oposición, una oposición mancillada y negada, porque así no tenga nada que ver siempre los terminarán tildando de guerrilleros en una patria que ya no logra diferenciar entre oposición y guerrilla, entre revolución y violencia, entre perdón e impunidad. Porque esta ha sido la guerra de las víctimas que se hicieron victimarios, y de los victimarios que son víctimas. Es una guerra en la que nadie sale bien librado excepto aquellos que no han luchado una sola batalla pues controlan las piezas del tablero como si fueran dios, sin mancharse las manos, y sin importar de qué lado del tablero estén. Pero en la vida real esas fichas del tablero ya no son ni negras ni blancas, sino que son todas grises, llenas de amargura y pesadumbre, ya no reconocen entre amigo y enemigo, y ya ni siquiera saben cuál es su papel en este juego.

Ante este panorama tan doloroso Colombia exige una nueva generación de líderes que no estén cegados por duros adoctrinamientos políticos, como caballos de carrera, incapaces de ver más allá, sino que se necesitan líderes capaces de escuchar a quien opina totalmente diferente, y que de esas diferencias logren crear verdaderas soluciones, y no más conflictos. Líderes que entiendan que sin importar su corriente ideológica hoy lo que la política colombiana les exige es una nueva mirada, una mirada conciliadora y de paz, un liderazgo de servicio. Porque hoy el pueblo colombiano no está más al servicio de la política, sino que hoy la política vuelve a estar al servicio del pueblo colombiano. Quien de corazón no logre encajar en este paradigma entonces que no se acerque a los cargos de elección popular, que no busquen truculentamente ser elegido porque hoy estamos hartos de eso.

Pero hoy además Colombia exige una generación de personas que entiendan que nadie es más culpable de su destino que ellas mismas, tenemos los dirigentes que nos merecemos y las realidades que de eso se derivan. Seamos entonces mejores, mejores ciudadanos, mejores padres, hijos, estudiantes, vecinos, amigos, etcétera, porque la paz no llegará con una firma. La paz requiere un cambio de mentalidad, una estructura social en paz consigo misma y con el ambiente que la rodea, capaz de perdonar, sin que se confunda perdón con impunidad, capaz de dejar el odio a un lado, dónde se reproche la cultura de los “vivos”, donde no aprovechar un “papayazo” no sea un acto de deshonra ni de reproche, donde los actos de civismo sean lo común, y tantas otras cosas que ya se han dicho pero que seguimos justificando que no se hagan como si todo lo malo fueran parte innegable de nuestra cultura, típicas “colombianadas”. Démosle un nuevo significado a ser colombiano, porque sin duda tenemos con qué, y hagámoslo con el mismo fervor patrio que sentimos cuando un colombiano gana un premio y toda Colombia se ve allí representada, porque eso somos realmente un acto de fe y de paz que debe resonar en el mundo como un ejemplo a seguir"

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