Flores Rojas

Avatar Doctoranda
María González Flores
Se registró el día 13 de agosto de 2017
  • 3 Artículos
  • Edad 24

–…Y después en el 70, más o menos, unos 10 años más tarde… no había nada. Pero nada era que no había ni siquiera dónde ir a comprar si necesitabas algo.

–Nosotras no pasamos hambre porque…

–¡Porque había chulas*, mamá! Porque vendíamos la leche que ordeñábamos de la vaca y untábamos la crema que sobraba en pan para hacer bocadillos. Pero cuando no teníamos eso, sí pasábamos hambre.

–Era una miseria muy grande.

–Sí, había miseria. No había además dónde ir a comprar. Había solo una tienda, la del “Perzo”, y solo se podían comprar 100 gramos. De lo que fuera. 100 gramos de harina, 100 gramos de café, 100 gramos de azúcar…

Mi abuela y su hija, mi tía Flor, hablan de su aldea en Galicia y de cuando mi abuelo tuvo que irse a trabajar a Alemania antes de emigrar con mi abuela a Suiza. Aquí los efectos de la posguerra todavía afectaban a gran parte de la población, que salía adelante gracias al autoconsumo (animales y huerta propias o compartidas con la familia) y al estraperlo en la frontera con Portugal. Hoy paseamos por el jardín de la casa de mi tía. Aunque estamos en otoño, hace un calor bochornoso, y metemos las piernas en la piscina. Mi abuela continúa.

“–Entonces, después de eso, él se marchó a Suiza, y yo con él porque decía que no podía soportar volver a emigrar solo. Tuve que deshacerme de todo: de la vaca, la becerra…

–Fuisteis a Suiza porque había otra gente del pueblo allí, ¿no? Algunos tíos y primos que habían estado trabajando allí en un hotel volvieron, y vosotros fuisteis a ocupar su puesto.

–La cosa fue que Pepita se quedó embarazada y tuvieron que volverse, y entonces fuimos nosotros, tu abuelo al establo y yo a las cocinas.”

Les pregunto qué pasó con las niñas. Mis abuelos tuvieron cinco hijas, que se quedaron atrás cuando ellos se vieron obligados a emigrar: la mayor tenía entorno a dieciséis años, la pequeña dieciocho meses.

“–Las dejamos en casa de la abuela Herminda.

–Bueno, no. Nos quedamos algunas, y no todo el tiempo. Las dos mayores se marcharon también a Suiza al cabo de unos meses. Pero a la pequeña se la llevaron la segunda semana después de que os fuerais, vino una de nuestras tías a buscarla.

–No puedo pensarlo, no quiero pensarlo…

– Vino una de nuestras tías a buscarla, y ella estaba con nosotras en casa de nuestra abuela. Fue horrible. Me acuerdo de la sensación en aquellas escaleras… Vino la tía a buscarla… –Flor se interrumpe un momento, y mi abuela se enjuga una lágrima. Luego, Flor prosigue – …era un bebé. Tenía dieciocho meses cuando se la llevaron a la ciudad. Recuerdo que llegaron, y nosotras estábamos en las escaleras llorando viendo cómo la agarraban y se iban. Todas sus hermanas, llorando en la escalera. Tardamos meses en volver a verla. Al parecer era un acuerdo que teníais, para que ella estudiara en la ciudad.

–Es mejor no acordarse.

–Bueno, no, no hay que olvidar las cosas.

–Fue una muy mala vida.

–Fue una vida muy dura, pero así es la vida.”

Mi abuela y Flor se interrumpen entre ellas para contarme cómo mi abuela no volvería a convivir con mi tía menor, a la que dejó en casa con dieciocho meses, hasta que tuvo casi nueve años.

“­–Lo pasó muy mal. También cuando volvió a casa, para adaptarse. Incluso para adaptarse al cariño…”

Sin embargo, ella fue la única de las hermanas que no tuvo que empezar a trabajar siendo menor de edad. El resto fueron enviadas con nueve, once, trece y dieciséis años respectivamente a trabajar en casas separadas, a horas de distancia, para trabajar como empleadas del hogar.

“–Ella siempre lo contaba, que tenía nueve años, y llegó a esa casa, y pensó que era una familia que la iba a acoger, que la iban a cuidar e iba a poder estudiar. Cuando llegaron los padres a la casa, y vio que los niños que había se acercaban a darles un beso, ella también se acercó y les abrazó. Pero ella estaba allí para limpiar la casa y cuidar de esos niños, que eran prácticamente de su misma edad.

–¿Y tú?

–Yo tenía once años, no lo quiero pensar. Cuando podía, me escapaba de la casa en la que trabajaba y me iba a llorar unas calles más abajo. Encontré un campo de amapolas, y me iba allí a llorar.”

Nos metemos en la piscina y yo me dejo flotar, Flor hace unos largos y mi abuela echa la cabeza hacia atrás para dejar que el sol le acaricie la cara, arrugada y morena de tantos años de luchar y trabajar. Yo las miro, observo las flores rojas del jardín de mi tía Flor, y me quedo pensando en que es mentira eso que dicen de que todo tiempo pasado fue mejor.

________________________________________________________________________


*Postre típico gallego de fácil y barata realización





comments powered by Disqus