La Huella Medioambiental de los Campos de Refugiados

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Jesus Lozano
Se registró el día 3 de marzo de 2017
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  • Edad 24

Fotografía: Jesús Lozano

Fotografía: Jesús Lozano

Llegaba el mayo pasado a su fin cuando policía y ejército desalojaron el campamento de refugiados de Idomeni. Siguiendo los pasos de las fuerzas del orden, un escuadrón de bulldozers arrasó lo que se había convertido en una pequeña ciudad de tiendas de campaña y destapó la antigua estación de tren que se escondía tras aquel mar de lonas. Nada se salvó. Junto con las esperanzas de diez mil personas, las máquinas se llevaron miles de tiendas de campaña, ropa, mantas, refugios de madera y un interminable etcétera de objetos y materiales en buen estado y absolutamente empleables. Quien tomó aquella decisión poco pensó en los refugiados y, por descontado, no se le pasó por la cabeza algo así como el medio ambiente.

La historia de las migraciones siempre es un relato de finales y nuevos comienzos, más de los deseados en muchos casos. Y cada etapa supone dejar atrás, no solo seres queridos, una tierra... sino también todo aquello que ya no cabe en la maleta. Tomen por ejemplo una familia de cinco miembros que, tras un año de espera en un campo de refugiados, ha recibido, por fin, la deseada llamada que les comunica que deben trasladarse a una casa en Atenas -en cuestión de horas, en la mayoría de los casos- a la espera de viajar al país de acogida. Con ritmo apresurado, pues los plazos burocráticos así lo requieren, la familia empaca todo lo que considera imprescindible, que no es poco, pero atrás queda otro no poco, que acaba convertido en basura. Quedan, apilados en el suelo, mantas, almohadas, colchones, peluches, alfombras o prendas de vestir que ya nadie va a aprovechar, a pesar de su buen estado.

En los campos de refugiados el plástico es el rey. Se come con cubiertos desechables. La comida se distribuye en bandejas de plástico de un solo uso. Sábanas, mantas y colchones se entregan, para garantizar la higiene, envueltos en plástico. Se consume agua embotellada. Hagan un cálculo aproximado de la cantidad diaria de plástico que se emplea -y desecha- en un país con más de cincuenta mil refugiados.

Parece obvio que estos recursos son necesarios en una situación tal. No lo niego. El artículo no apunta en esa dirección, pues en cualquier otra escenario la sobreutilización de plásticos es una realidad, sino hacia la mala gestión que causa que se de tal exceso de residuos. Sirvan como ejemplo tres casos concretos.

Tras más de un año consumiendo agua embotellada, hace apenas unas semanas y, quién sabe si casualidad o no, coincidiendo con el fin de la distribución de comida y agua, se comunicó a refugiados y organizaciones que el agua corriente del campo había sido potable durante todo ese tiempo. ¿Se imaginan la cantidad de plástico que se hubiera podido ahorrar? Seguimos en el mismo campo, pero nos vamos hasta el mes de octubre, cuando la población fue trasladada de las tiendas de campaña a contenedores. Tras este pequeño éxodo, centenares de tiendas, muchas de ellas, perfectamente reutilizables, quedaron abandonadas en mitad del campo. Nadie se hizo cargo de ellas y acabaron siendo pasto de las llamas de juegos infantiles.

Por último, quizá el caso más conocido. El tsunami naranja de las playas de las islas del Egeo. Aquellas costas que tras la llegada de barcazas desde Turquía quedaban cubiertas de chalecos salvavidas. Aquella escombrera de Lesbos en la que se acumulan toneladas de plástico, espuma y nailon porque el transporte al continente para que sean correctamente reciclados resulta demasiado costoso.

Un gran movimiento de seres humanos acarrea, obviamente, una gran movilización de recursos, sin embargo, con una gestión más consciente y eficiente, basada en un pensamiento a largo plazo y no exclusivamente economicista, la huella medioambiental podría ser mucho menos profunda.





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