Una Historia de Cualquier Persona en Cualquier Lugar

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María González Flores
Se registró el día 13 de agosto de 2017
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  • Edad 23

Imagen de la autora.

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Llueve y miro al cielo y se me mete una gota gorda de lluvia en la nariz. Me atraganto un poquito, pero no me importa: llueve y me mojo y es una sensación que reconozco, así que me aferro a ella y sigo mirando arriba y se me llenan los ojos de agua.

Es la primera vez que salgo del tren en el que me metieron hace 12, 18, 30 horas. Es la primera vez que salgo del barco en el que me dejaron mis padres hace seis días. Vengo de Myanmar, vengo de Sudán del Sur, vengo de Raqqa, vengo de la zona republicana en Asturias. Me tuve que ir por la guerra. Me tuve que ir por la violencia. Me tuve que ir porque mataron a mi abuela y a mi padre, me tuve que ir porque mi hermana mayor desapareció, me tuve que ir porque mi madre decidió que era lo mejor.

Una señora me habla en un idioma que no entiendo, me agarra de la manga de la camiseta mojada y tira de mí hacia una zona resguardada. Me mira con unos ojos que dicen “qué pena de niña”, un poco enfadada y un poquito triste, y me tiende un bocadillo de queso para mí y otro para mi hermana pequeña, que va colgada de mi brazo como un monito empapado. Ella engulle el bocata a toda velocidad sin quitar la mirada de los charcos que se forman por la lluvia. “¿Puedo?”, me pregunta, y yo, con mi soberana autoridad de hermana mayor, le digo muy convencida que sí, que cómo no, pero que se espere un momento mientras compruebo que la señora ligeramente enfadada y bastante triste no está mirando. Le guiño un ojo y la dejo ir, y otros monitos empadados como ella se suman y todos ríen y chapotean en los pequeños laguitos que se forman en el camino de tierra, en el empedrado irregular, en el suelo del polideportivo con goteras, en la carretera llena de baches.

Un grupo de señoras muy muy tristes y considerablemente enfadadas dejan de repartir bocadillos de queso y se quedan mirando a la jauría de monitos alocados, y parecen debatirse entre su ansia que secar a los chavales y obligarles a volver y su deseo de dejarles jugar un rato más. Cuando finalmente les piden que regresen para seguir repartiendo comida, calados hasta los huesos, algunas señoras están menos tristes que antes, e incluso se les escapan algunas sonrisas y alguna que otra carcajada mientras hacen lo que pueden por escurrir los pantalones, sudaderas, calzoncillos, braguitas y camisetas que van tendiendo sobre las sillas y las mesas mientras el ejército de monitos se tapa con mantas, toallas y lo que van encontrando por allí.

A mi hermana pequeña se le ha deshecho la trenza que le hice esta mañana. Cuando estábamos en casa, mamá nos la hacía cada día antes de ir a clase, una sola brillante espiga de maíz en nuestro pelo negro, rubio, pelirrojo. Y la trenza de mamá duraba todo el día, era una trenza indestructible, soportaba todos nuestros juegos y locuras hasta que volvíamos a casa por la noche y mamá la deshilachaba mientras nos cepillaba con esmero y nos preguntaba qué habíamos hecho hoy. Me siento culpable por no saber replicar la trenza indestructible de mamá, y se me mojan los ojos otra vez, aunque ya no esté bajo la lluvia. Aunque tan indestructible no sería, pienso bastante enfadada y un poco triste, si no ha aguantado ni siquiera todo el viaje desde que mamá nos la hizo la última vez, el último día que la vimos, antes de empezar nuestro viaje hacia el sitio donde nos han dicho que vamos a estar seguras, donde nos han dicho que nos van a cuidar y vamos a estar bien. Ella nos había prometido que duraría todo el camino. Me pregunto, tremendamente enfadada y bastante triste, qué otras cosas que nos aseguraron que eran indestructibles se habrán roto ya.

Veo de reojo a mi hermana pequeña, que, creyendo que nadie la ve, se suena los mocos en la manta con la que se está tapando. Se me escapa una carcajada y me quedo así sentada, comiendo mi bocadillo de queso, rodeada de otros niños comiendo bocadillos de queso, preguntándome a dónde nos van a llevar ahora, y si mamá me volverá a hacer una trenza indestructible algún día.





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