Jóvenes Construyendo la Paz tras vivir Conflictos Armados

Publié 26 mars 2013 no picture

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“La guerra me robó alegría y niñez, pero no los deseos de seguir adelante” Erika Milena Vallejo, joven Colombiana del departamento de Antioquia.

En dos países distintos, en donde la conflictividad política, armada y social fue y sigue formando parte cotidiana de toda una generación joven, dejando atrás el dolor, los resentimientos pero nunca la memoria, esos mismos jóvenes que vieron desde muy niños toda la crueldad de la guerra, renacen y trabajan ahora en distintas iniciativas para recuperar la memoria, conciliar, recomponer el tejido social de sus comunidades y pensarse un futuro en paz.

Nuevo Limar es una comunidad del municipio de Tila en Chiapas, México que ha vivido históricamente una serie de enfren­tamientos y fragmentaciones a causa de la diversidad de sus organizacio­nes políticas. Con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994 que demandaba mejores condiciones de vida y la recuperación de tierras para las comunidades indígenas, se creó un escenario social sumamente complejo por los enfrentamientos entre grupos simpatizan­tes del EZLN y grupos paramilitares. Debido a esto, Nuevo Limar tiene hoy un tejido social frágil y fragmentado.

Es acá donde los jóvenes han entrado a tomar un rol protágonico en la construcción de la convivencia en paz de su comunidad, mediante iniciativas como la del Programa de Comunica­dores Comunitarios con el apoyo de la UNESCO, con la cual jóvenes se forman tanto en técnicas de comunicación (fotografía, boletines, producción en audio) como en capacidades para la resolución pacífica de conflictos y educación para la paz.

“Lo más difícil de ser joven dentro de la comunidad es ser comprendido, porque las ideas [generacionales] chocan y los adultos piensan que no tenemos la experiencia suficiente para opinar, y para una mu­jer es doblemente difícil porque en las asambleas normalmente sólo llegan los hombres” Opina Octavio, uno de los jóvenes de Nuevo Limar.

Los jóvenes comparten la opinión de que antes del proyecto ni siquiera se reconocían dentro de la comunidad. Dice Oswaldo “no salía de mi casa, no conocía a Octavio, hasta que entré a los talleres. De ahí em­pezamos a convivir y a llevarnos bien”.

Cuando decidieron integrarse al grupo, no ima­ginaron que serían protagonistas de un proceso de integración y participación en la toma de acuerdos dentro de la asamblea comunitaria. Sin duda, el que los jóvenes pudieran convivir en este espacio causó inicialmente incomodidad entre diferentes grupos de la localidad porque generalmente no tienen participación en la toma de decisiones.

“Mi papá me pidió que dejara el grupo por las diferencias polí­ticas con algunas personas; la mala información manejada en mi comunidad, decía que está­bamos de parte de algún partido político. Mi papá tenía miedo de que me llegaran a agredir por ser parte del grupo, pero yo le dije que no se preocupara. Además le dije que yo era libre de decidir lo que yo quería. Quería ser parte del grupo porque me gustaron las actividades y todo lo que aprendía con mis compañeros” Cuenta Octavio, el coordinador del grupo de comunicadores.

Las participaciones activas de los jóvenes comunicadores fueron ganando el reconocimiento de la comunidad, de las auto­ridades, así como el de sus padres quienes en un principio no tenían mucha confianza en esta iniciativa. El proceso de formación de comunicadores se extendió a otras localidades de la región y tras varias sesiones de deliberación en la comunidad, se decidió instalar un Centro Educativo Cultural Comunitario (CECC) que permita a los jó­venes comunicadores contar con un espacio equipado para poder realizar sus actividades, además de equipamiento deportivo, libros e instrumentos musicales, en miras a fortalecer la cultura y el deporte.

Esta exitosa propuesta juvenil ha sido aceptada en Nuevo Limar en donde poco a poco se ha comprendido que las y los jóvenes pueden ser el ejemplo de cons­tancia, pero sobre todo, de la preocupación y com­promiso para mejorar las relaciones internas de la comunidad.

Más al sur del continente, en Colombia, jóvenes de la región de Antioquia también juntaban esfuerzos por avanzar en la construcción de la memoria, participando en la escuela permanente de formación del proyecto Juventud, Memoria y Paz, ejecutado por el Instituto Popular de Capacitación. Todos estos jóvenes marcados de alguna forma por la guerra en el momento en que recíen comenzaban a vivir, pudieron encontrarse, intercambiar experiencias y conocer lo que estaba pensando cada uno acerca del conflicto y la construcción de memoria.

Érika Milena Vallejo es una de estas jóvenes que, desde los 8 años, conoció los embates de la guerra. Ella vive en el municipio de El Peñol, una región afectada por la violencia de grupos guerrilleros y paramilitares a finales de los noventas y principios del 2000.

Ahora, cuando tiene 20 años, Érika recuerda que la primera barrera que le impuso la guerra fue el temor de salir a la calle para jugar como cualquier niña. “Era el hecho de no poder salir a la calle porque a las cinco de la tarde todos nos teníamos que encerrar. Entonces, nos quitaron la niñez, porque cuando uno está en esa edad uno quiere salir con los amigos para jugar golosa o a las escondidas”, relataba Érika.

El temor era tal, que el encierro no bastaba y, después de las cinco, las personas mantenían el televisor y las luces apagadas. “Era el tener que poner la cama y el chifonier en la puerta para que no la tumbaran o sentir la gente corriendo por los techos para que no la mataran”, agregó la joven.

Recordar la escena de sus vecinos llorando la muerte de algún familiar, tirado en la calle, es algo doloroso para Érika, quien también perdió a un tío y a un primo, en medio de ese conflicto que afectó a esta región del Oriente Colombiano.

“Para nosotros la memoria termina siendo un reto porque no ha sido fácil construirla, los jóvenes tenemos el descaro de perder la memoria.” Esto es lo que piensa YG, quien pertenece al grupo Memoria Joven del IPC y al Colectivo Antimilitarista Simplemente Blanco y Negro.

Este colectivo surgió como una forma de oposición al reclutamiento forzado, por parte de grupos paramilitares en la ciudad de Medellín. Fue en ese sector donde YG cambió el sueño de convertirse en Almirante de la Marina, por la realidad de ser antimilitarista.

“Fue un cambio brutal, después de haber visto los estragos de las armas, en lo que fue mi infancia y todo mi proceso de vida. Ver como eso me marcó, como marcó a mis amigos, me quitó familia y muchos de mis allegados. Ser antimilitarista termina siendo ese sueño de pensarse un mundo sin armas”

Según YG, la oportunidad de compartir sus historias con otros jóvenes es valiosa porque “se pueden reconocer otras experiencias de vida que le permiten a uno pensarse y saber que no está solo en una condición, porque el asunto de ser víctima de la guerra termina siendo una condición que lo deja a uno marcado.”

A pesar de la realidad en la que tuvieron que crecer, estos jóvenes colombianos siguen adelante sin olvidar su pasado, pensandose un futuro en paz y nos demuestra una vez más, como los jóvenes aunque pueden ser víctimas directas de conflictos de distinta naturaleza, pueden tambier juntarse y pensarse en actuar y cambiar esa realidad. Seguramente que tenemos cientos de otros ejemplos de otros jóvenes que trabajan en América Latina para recomponer el tejido social, y mi reconocimiento y respeto va a ellos y ellas también, luchadores sociales por una sociedad más justa y en paz.

Fuentes: UNESCO-Jóvenes construyendo la paz: comunicadores comunitarios de Nuevo Limar, Chiapas

IPC- Jóvenes memorias de un conflicto antiguo

Imágenes:

Imagen 1: Jóvenes comunicadores de Nuevo Limar. Por UNESCO. Imagen 2: Jóvenes en talleres de Juventud, Memoria y Paz. Por Instituto Popular de Capacitación Colombia (IPC)




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