Ellas, las que se fueron

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Ya no están. Algunas se alejaron; otras nos dejaron por completo. El abandono puede ser físico, pero también mental. Están presentes, pero a la vez no. Un pedazo de ellas partió, o quizás ese trozo es lo único que nos queda para recordarlas, y nos aferramos a ello. En muchísimos casos, nos las quitaron. Arrebatadas abruptamente; otras, lograron escapar, pero las persiguen: en sus sueños, en el fondo de sus mentes.  Por eso, muchas deciden irse. Cuerpos presentes y mentes ausentes. Y si las tenemos al frente, probablemente han cambiado. 

Son distintas. A lo mejor comen menos o más. Duermen poco o demasiado. Las risas y sonrisas van y vienen. Las palabras sobran o faltan. A veces las extrañamos mucho. Otras, creemos que no lo hacemos, pero las recordamos con una fotografía, una carta, una canción. Nos acordamos de aquella ropa que amaban y de la comida que disfrutaban. Cuesta aceptarlo, pero las que teníamos no están más.  

Arrebatadas. De casa, camino a la escuela, en una fiesta, en medio de la calle.  

Desaparecidas. Al salir del trabajo, en la ruta del autobús, esperando una cita. 

Asustadas. Quizás estaban solas. No importa si vestían una mini falda, un uniforme escolar, o un pañal. 

Traumadas. Las que regresaron, pero a la vez dejaron una parte de ellas en aquel lugar. 

Pasa el tiempo y sus rostros se congelan. ¿Cómo se verían ahora? ¿Un par de arrugas, cabello pintado, lunares en sus brazos? Las pensamos y las volvemos a pensar. Una cosa es cierta: no se fueron en paz. Lucharon hasta su último aliento. ¿Nos tuvieron en mente? Tal vez. ¿Seguirán allá afuera? Quizás. Pero los usurpadores que se las llevaron seguramente están entre nosotros. Posiblemente pasamos a su lado en la calle y no lo sabemos. Están libres. Quedan impunes. Posiblemente buscando otras como ellas.  

Así que gritemos sus nombres: María, Elena, Lucía, Ana, Daniela, Rocío, Cristina. Aullemos. Como una gran manada, para que ellas nos escuchen hasta donde están; y también aquellos que siguen aquí y que pueden hacer algo para hacer justicia. Rugamos. Como fieras que no reposan hasta lograr su objetivo. La furia y la ira nos exacerban, pero se pronuncian en nombre del amor. Irradian dolor, angustia, desesperación. 

Apropiémonos de sus memorias, anhelos, recuerdos, y sueños. Convirtamos sus ideales e historias en un solo colectivo, que pide cambios. Por todas las que se fueron, alcemos nuestras voces. Tanto ellas como la justicia deben brillar. Ayudémoslas a descansar en paz al ponernos en los zapatos que dejaron. Ellas ya no son las mismas, y, por ende, las que quedamos, tampoco.  

Poesía
Ecuador