Su problema es nuestro problema

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imagen en blanco y negro de manos sosteniéndose las unas con otras

Su problema es nuestro problema.

¿Este es mi país? ¿El país que se supone es el partidario más acérrimo de los derechos humanos? ¿El país cuyo símbolo más reconocido tiene grabado el mensaje: dame tus cansados, tus pobres, tus masas amontonadas gimiendo por respirar libres?

Sí, es mi país.

Estaba inclinada en la encimera de la cocina junto a mi padre, mi corazón latiendo furioso contra el pecho mientras escuchaba la grabación de un niño de seis años gritando histérico por su madre. Su voz destilaba un dolor que ningún niño de su edad debería sentir, y una sensación de pánico que ningún niño debería conocer. Su histeria se ha convertido en un grito global para terminar con la separación de las familias que cruzan la frontera entre México y Estados Unidos, para encontrar la manera de unir a los miles que han sido separados, detenidos y transportados por toda la nación. Conforme aprendía más sobre el problema, desde el uso alegado de antipsicóticos en niños hasta las historias de abuso y violencia, reparé en la crisis de los derechos humanos que se desataba frente a mis ojos. Desde que he madurado, he aprendido a nunca decir nunca. Es nuestro deber asegurarnos de que “nunca” no se vuelva nuestra realidad.

Lo que está pasando no se trata de partidismo ni de política, se trata de honestidad, humanidad y de asegurarse que la historia se vuelva nuestra mentora en lugar de convertirla en nuestra líder. Ignorar lo que sucede es lo mismo que ser complaciente con la atrocidad y olvidarnos de todo lo que la historia nos ha enseñado. Cuando nos quedamos en silencio, cuando pensamos en la separación de familias como una normalidad, cuando no preguntamos cómo están tratando a estos niños, estamos permitiendo estas acciones y dándoles luz verde para continuar. Durante los últimos días, he visto diversas comparaciones con lo que sucede actualmente y el crecimiento del fascismo en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial en lo concerniente a los derechos humanos. Aún cuando muchos digan que estos paralelismos no tienen precedentes, debemos buscar dónde se originaron y cambiar donde terminan.

Los derechos humanos no se definen por las fronteras ni antecedentes de una persona, sino por la habilidad de ver a través de dichas distinciones. Los inmigrantes indocumentados que huyen a los Estados Unidos no necesitan de un pasaporte para ser tratados con dignidad y humanidad, dos cosas que les pertenecen a todos sin importar su procedencia ni el cómo de su llegada. Vienen a Estados Unidos en busca del sueño de una tierra dorada de oportunidades que tal vez sólo existia en nuestras mentes, y en su lugar lo que encuentran es una pesadilla. El lazo entre un padre y su hijo es la esencia de la vida misma, y romper ese lazo crea una ruptura que ni el tiempo, dinero o legislación lograrán reparar jamás. Estos niños no son responsables por las cartas que les tocaron, por la decisión de abandonar su hogar, ni por la necesidad que los orilló a hacerlo. Todos los niños son iguales, estadounidenses o no. Todos los niños necesitan el consuelo de los brazos de sus padres, de la mano de un ser amado para sostener, y saber que siempre podrán contar con ellos.

Recuerdo los momentos de pánico cuando, de niña, no podía encontrar a mi madre en una tienda atestada de personas y todo el mundo se entremezclaba a mi alrededor. No puedo ni imaginar la inconsolable agonía que deben sufrir aquellos niños al ser arrojados a una tierra ajena y forzados a residir, solos, en saturados centros de detención. Un padre tiene el poder de mejorar hasta la peor de las situaciones, un poder que se puede sentir, más no comprender. Es por esto, por esta conexión indefinible que existe entre un padre y su hijo de todas las culturas y naciones, que debemos hacer de su problema nuestro problema.

Su problema es nuestro problema porque todos somos humanos.

Su problema es nuestro problema porque nuestra nación ha fracasado en proteger los derechos que siempre ha jurado sostener.

Su problema es nuestro problema porque el mundo ha visto incontables de veces lo que sucede cuando fallamos en reconocerlo.   

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