Atrapadas en el matrimonio: las chicas de la clase alta

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Dos muñecas barbie posando

Friedrich Engels llegó a decir que a veces la única diferencia entre una cortesana y una mujer casada es que una cortesana renta su cuerpo temporalmente a cambio de dinero, mientras que una mujer casada vende el suyo en esclavitud para el resto de su vida a cambio de seguridad financiera [1]. La idea suena a cosa del pasado porque hoy en día una mujer puede ganarse la vida por sí misma, puede divorciarse cuando quiera, o puede casarse libremente no porque quiera venderse, sino porque quiere llevar una vida plena. Por ello es preocupante que lo que fue cosa del pasado a veces parece cosa del presente: tal es el caso de las jóvenes de la clase alta en México.

La historia es la siguiente. Ana, de veinticuatro años, es novia de Roberto, un joven adinerado y bien peinado, quien se arrodilla con su anillo de compromiso y le propone firmar el siguiente contrato:

– “Ana, cásate conmigo. Yo me comprometo a darte apoyo financiero, estatus social y protección. Nunca te faltará nada y serás la envidia de los demás. Pero a cambio deberás comprometerte a lo siguiente:

1. Tener hijos conmigo y criarlos.

2. Cuidar el hogar y supervisar a los sirvientes domésticos.

3. Verte siempre bonita (lo cual, ojo, puede implicar una cirugía plástica en el futuro).

4. Entender y aceptar pasivamente lo que mande.

5. Exhibir las adecuadas gracias sociales en comidas, reuniones y eventos.

6. Mostrar solidaridad con los más pobres.

7. Procurar los vínculos con los familiares y amigos.

8. Subsumir tu identidad en la mía (“la mujer de Roberto”).

¿Qué dices?”

Ana no es tonta; su decisión de firmar el contrato y casarse con Roberto no la tomará a la ligera. De hecho, para tomar esta decisión, ha recibido asesoría de toda su familia, la cual ha jugado un gran papel en elegirle pareja. Desde que Ana era pequeña, sus papás se preocuparon por que perteneciera a colegios, vecindarios y clubes exclusivos, por que fuera a clases de baile, campamentos de verano y viajes de generación adecuados y por que hiciera presencia en comidas, bodas y funerales selectos. La estrategia aseguraba que Ana conociera a un caballero de “buena familia”, como Roberto, y que perpetúe la fortuna familiar.

– ¡Acepto, Roberto! Sólo dime qué escribo en el apartado que dice “Universidad de Procedencia”.

– Ibero, Anáhuac, UP… no importa, cualquier universidad cara.

– Listo, ¿dónde firmo?

– Ahí encima de la rayita.

La historia sería maravillosa de no ser porque Ana ignora que acaba de firmar un contrato injusto casi de por vida. Mientras que Roberto puede divorciarse cuando él quiera, conservando intacta su fortuna y su estatus, Ana tendrá que sobrellevar el matrimonio, pues romper el contrato sería catastrófico para ella. Perdería, en primer lugar, su fuente de ingreso. Ella estudió psicología –o tal vez historia del arte– y nunca ejerció, por lo que no podría mantenerse por sí sola, y aún si consiguiera un trabajo decente, ni de lejos ganaría lo mismo que ganaba su marido. Perderá también su estilo de vida. Sin dinero, dejará de comprar bolsas Louis Vuitton, de viajar a Europa o de asolearse en playas exclusivas en el Caribe, y tendrá que abandonar sus clases de yoga, sus terapias y sus clases de esquí en la nieve. Por último perderá su estatus social, que estaba ligado a la identidad de su marido y a su fortuna, por lo que ahora descenderá a la tan temida clase media.

La situación de Ana es comprensible porque en México el matrimonio es el factor que más influye en si una mujer pertenece a la clase alta o no. En términos técnicos, la movilidad social en la clase alta –el movimiento de una clase socioeconómica a otra– es alta para las mujeres, pero baja para los hombres. Esto quiere decir que una mujer puede ascender a la élite con gran facilidad si logra casarse con un rico, pero también puede descender la escala social si se divorcia. La situación contrasta con la de un hombre, para quien, estudie o no, se divorcie o no, es muy difícil que pierda su posición privilegiada [2]. Es previsible, pues, que Ana aguante los engaños de Roberto, soporte sus abusos, no se rebele nunca y no renegocie las cláusulas del contrato por temor a que la dejen. ¿Quién querrá casarse con ella después de divorciada, con hijos y ya con unos años encima?

Pero si tanto Ana como las jóvenes de la clase alta están en desventaja, ¿por qué entonces siguen firmando el contrato?

En primer lugar, porque no se les incita ni se les enseña a hacer otra cosa. Viven inmersas en una cultura machista que terminan por introyectar y reproducir y que se replica en sus familias y círculos sociales. En los colegios exclusivos a los que asisten se les separa de los hombres para enseñarles a bordar y a cocinar y reciben menor preparación intelectual que los hombres. Asimismo, sus papás nunca las invitan a las reuniones de la empresa familiar ni planean cederles el control de la misma –eso le pertenece más bien al hijo varón–; de hecho, hablar de dinero o de finanzas en la casa es tabú.

Y en segundo lugar, por servidumbre voluntaria: porque no creen tener otra opción. En vez de exigir mayor autonomía y perseguir intereses laborales y económicos similares a sus contrapartes masculinas, se dedican a cultivar las artes, la música, el intelecto, la literatura y las relaciones sociales. Estudian psicología e historia del arte sin considerar ni remotamente carreras como ingeniería, derecho, medicina o economía que podrían darles mayor poder económico –¿para qué?, si el rol de la mujer es apoyar al hombre que es el cerebro de la familia–. Desconocen que con una buena carrera profesional adquirirán mayor control y satisfacción en sus vidas y será menos probable que tras el divorcio todo se venga abajo. Ignoran que las mujeres que traen dinero a la casa son capaces de romper los patrones machistas e insisten en mayor igualdad de género, y, por ende, pueden renegociar el contrato matrimonial [3].

¿Firmar o no firmar?
 

[1] Cfr. Tong, Rosemarie. Feminist Thought: A More Comprehensive Introduction. (Boulder, Colorado: Westview Press, 2009), p. 102.

[2] Estos datos los presenta Ricardo Raphael es su magnífico libro Mirreynato: la otra desigualdad. (México: Temas de hoy, 2014).

[3] Cfr. Hill, Shirley. Families: A Social Class Perspective. (Los Angeles: SAGE/Pine Forge Press, 2012), p. 63.

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